2016
Como correr en tacones
Son las 2:30 de la madrugada,
hace mucho frío y tengo las manos entumidas, solo pienso en no dejar caer (para
no agacharme) las botellas de agua y suero que me mantienen hidratada. Algo me
quema el dedo chiquito del pie izquierdo, siento como si me hubiera caído una
gota de ácido entre los dedos. Necesito ver qué es lo que me pasa, no puedo dar
un paso más, pero con la ayuda de Paulina alcanzo a sentarme en un tronco. Me
quito el tenis y el calcetín para encontrarme con una ampolla que me cubre todo
el dedo, tronada por tercera vez pero ésta a causa de un apretón o un tropezón
con una raíz. O ya no sé, el caso es que el dolor es casi insoportable, no
puedo apoyar el pie y creo que es el fin. Estamos en medio de la nada, mi lámpara ya no
alumbra bien así que es como si trajéramos solo una. -¿Qué hacemos?- le
pregunto en busca de una respuesta que me despierte de esa pesadilla.
5, 4, 3, 2, GO! Escucho
a unos metros a Chris el director de la carrera dando el banderazo de salida y
aquí vamos, más de 450 corredorxs de países y edades distintos todos con un solo objetivo, correr 100 millas
(160 kilómetros), cinco vueltas de 32 kilómetros en campo traviesa de caminos estrechos y arbolados llenos de raíces que limitan un lago y pantanos en dónde según dicen, habitan caimanes que a
veces salen a saludar. Está lloviendo un
poco pero eso no importa.
-Paso a paso-, me
repito. -Paso a paso, no te vayas a lo que falta,- me repito y me repito. Mantengo la mente presente, escucho la respiración de los
demás, alguno que otro comentario, bromas incluso. Me da el aire en los dientes,
estoy sonriendo, estoy contenta y motivada para lo que viene, pero me repito,-
paso a paso, no te vayas a lo que falta-. Corro a mi ritmo, a lo que ya entrené
durante meses, no sólo las piernas y el cuerpo sino también la mente. Llevo un
buen ritmo pero muchos se me adelantan, no puedo evitar querer ir más rápido
pero me contengo, no es momento de apresurarse.
A mi izquierda veo agua, es la orilla del lago que hacía un mes había
venido a conocer, lo reconozco como parte de la ruta. Ya dejó de llover, el día
está a punto de clarear, apenas se alcanzan a ver algunos destellos de luz en el agua, sigo
hacia adelante. –Estás aquí, paso por paso- me digo. A unos metros veo las luces del primer
abastecimiento, siento que me tardé mucho en llegar pero apenas son los
primeros kilómetros. Mi reloj marca una distancia muy distinta a la que se
supone que llevo, tendré que conformarme con el cronómetro y hacer mis cálculos
con los abastecimientos para saber la distancia recorrida, eso me mantendrá con
la mente distraída. Me gusta de pronto
encontrarme con corredorxs, me rebasan, los rebaso y así nos la llevamos un buen
rato. Nos saludamos y nos animamos.
–Esta es mi carrera, esta es mi carrera-.
Termino las dos
primeras vueltas en el tiempo que había previsto, ya tengo muy bien conocida la
ruta y ya intercambié nombres con algunxs voluntarixs en los puestos de
abastecimiento. Me siento bien pero
tengo ampollas, cuando llego al área de la meta me encuentro con mis papás y
mis amigas, todxs se ven felices y dispuestxs a ayudarme en lo que necesito. Me
siento un momento para quitarme los
tenis y calcetines y curarme las
ampollas con una aguja y Neosporin para
desinfectar, estoy nerviosa porque me duelen los pies, algo no está bien con
los tenis o no calculé que se me fueran a hinchar tanto los pies. Trato de no
clavarme en eso, me cubro el espacio entre los dedos con Vaseline para evitar más
daños. Llevo nueve horas corriendo y alrededor de 68 kilómetros, me siento con energía pero me
repito constantemente las palabras que hace un rato me dijo mi papá, - vas demasiado bien, vas muy
rápido.- Sí voy con muy buen ritmo, pero
no quiero confiarme. Veo hacia el lago,
aun quedan más de dos horas de buena luz, el paisaje con el agua, el lirio
verde y la caída del sol es espectacular. Quisiera detenerme un poco pero
empieza a hacer frío. Bajo un poco el paso, he tomado pura agua y
eso me está pasando la factura con paradas continuas al baño, empiezo a detenerme cada media hora,
me desespera agarrar el ritmo y tener que pararme nuevamente, una y otra vez.
Llego a un abastecimiento y decido tomar suero en vez de agua a ver si se
interrumpen las idas al baño. Me empiezo a poner de mal humor, el dolor de pies
es cada vez más intenso, siento como si
estuviera corriendo en tacones apretados y los escalones formados de raíces
salidas no me lo hacen más fácil.
Estoy llegando a la
mitad de la carrera, 80 kilómetros en
doce horas cuando de pronto me encuentro a mi papá a medio camino. Él va en
bicicleta y su compañía me aliviana muchísimo aunque sea por unos minutos, me
sentía muy sola y lejos de pasármela
bien, me estaban entrando pensamientos muy negativos. Eso no es buena señal, pero lo que me hace ruido es no entender por qué estoy así. –Vas muy rápido-, me vuelve a decir. Lo pierdo y sigo.
Son 9:00pm y llego
justa al punto de control de la meta para ponerme unas mallas y camisetas
térmicas para cubrirme el frío porque bajan los grados por minutos, estoy
temblando. Nuevamente me curo los pies y me cambio los calcetines, se sienten
frescos y espero de verdad que la sensación perdure aunque sé que no será así.
Paulina ya está lista para acompañarme las siguientes dos vueltas. Recuerdo
todo lo me dijeron mis amigos que ya han corrido esta carrera, la cuarta vuelta
es como entrar a la dimensión desconocida, da muchísimo sueño y frío, pero no
quiero darle mucho espacio mental a esa posibilidad, y aunque voy preparada, mis pies me preocupan
mucho.
Salimos Paulina y yo
muy animadas, me platica las anécdotas del punto de control, los mensajes que
ha mandado el resto de mi familia que ha estado muy pendiente de mi, eso me da
muchísima alegría y ánimo. Por unos kilómetros pienso que todo lo que me dijeron Mario, Luis, Toño y Chalita sobre la cuarta vuelta no me va a pasar a mí.
Corremos y reímos, sin embargo al llegar a un camino muy ancho de piedras
blancas siento que el mismo diablo me apagó el switch, empiezo a tropezar con las piedras provocándome un
dolor espantoso en los pies y en las uñas. Decidimos caminar hasta llegar al
abastecimiento. Me siento muy mareada, es una sensación muy difícil de
describir aunque lo intento, quiero explicarle a Nancy y a Marcela, voluntarias
en el abastecimiento cómo me siento pero mi mente es una nube espesa, solo recibo el café con chocolate que me dan,
agarro un puño de pretzels y retomamos la ruta.
…… .-¿Qué hacemos?-. Ya
sé la respuesta.
Seguimos caminando, no
puedo correr por el dolor de las ampollas y al mismo tiempo, es ese dolor y el
frío lo que me mantiene despierta. Ya no
quiero seguir pero sí quiero seguir, pero no quiero seguir, pero sí quiero
seguir...
-No dejes que no
termine la carrera-. Le digo a Paulina entre dientes, no puedo ni articular
bien las palabras mucho menos pensar. –No terminar no es opción-. Me dice firme
y claramente. Me siento mejor de saberlo.
–Paso a paso, poco a poco-. Repito como un mantra.
Llegamos al punto de
control donde están mis papás y mi amiga Gabriela esperándonos, no me puedo
imaginar el frío que sienten de estar ahí sentados pero el verlos me da un
ánimo inmenso. Le digo a mi papá que voy
por la quinta vuelta y veo en su cara un poco de incredulidad, así me ha de
estar viendo él a mi. No quiero saber cómo me veo ni cómo me siento, solo sé
que voy a terminar esta carrera. Cómo sea, aunque ya me comí todo el buen
margen de tiempo que traía; de cualquier manera voy a terminar la distancia, a
eso vine. Mi mamá me da ánimos.
Vuelve a amanecer, el
día se ve mucho más claro que ayer y eso me da ánimo. También subió un poco la
temperatura, sin duda hoy es mucho mejor día que ayer pero ya no tengo cabeza y
tampoco gasolina. Intento entender qué es lo que me pasa pero no puedo. Me faltan 11 kilómetros para terminar, tengo
que llegar en menos de una hora al último abastecimiento, lo logro. Lo
logramos. Restan 8 kilómetros para la
meta, -pasito a pasito-, escucho a Paulina que me repite constantemente, ya no
puedo y ya no quiero pero lo hago. De la
nada aparece un hombre (Agustín) que nos dice que debemos apurarnos para llegar
antes de las 30 horas que estamos a 1200 metros de la meta. No sé de dónde saco
fuerza pero comienzo a apretar el
paso, corro rápido hasta ver la meta a unos 200 metros, la gente está
gritando, corro más rápido. Llego y el reloj marca 30:01:52.
Lo quiero volver a
intentar.
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